Sister Margaret Scott, aci

 

 

Implicaciones que el diálogo interreligioso trae a la espiritualidad y la formación de los religiosos/as.

 

Introducción

 

“La utopía hoy es la de una humanidad que respete, acoja y dialogue sus diferencias religiosas y culturales, no percibiéndolas como una amenaza, sino como fuente de purificación de las propias incoherencias y como oferta de crecimiento al encontrarse con la sabiduría de otras tradiciones.”[1] Una utopía que se sueña en  una situación de un marcado pluralismo cultural y religioso; y en medio de un mundo fuertemente caracterizado por “un desequilíbrio ecológico que hace inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas del planeta…los problemas de la paz amenazada a menudo con las guerras…el vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los niños…”.[2]

 

Para muchos el sueño se vuelve una pesadilla que urge el diálogo interreligioso para “proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto de las guerras de religión”[3] que siempre han sido de las más terribles en la historia de la humanidad.

 

A nosotros religiosos y religiosas nos toca encontrarnos entre los soñadores que, a la vez conscientes de la realidad que nos rodea y constructores de paz, nos sentimos también miembros de la familia humana que contemplan la presencia y la acción del Espíritu de Dios, en todas las tradiciones religiosas.[4]  Hombres y mujeres comprometidos en el diálogo con todos. Llamados por la Iglesia para hacer de ella una casa y una escuela de comunion y para entregarnos “en el campo del diálogo interreligioso, cada uno desde su propio carisma”.[5] 

 

El diálogo interreligioso

 

“Dios está de vuelta y las religiones son de actualidad”, nos dice Casaldaliga. Tanto que el pluralismo religioso ya es un hecho evidente e inevitable; es una experiencia concreta para todos y eso en todo el mundo. Una panorama de las religiones en América Latina[6], revela que el perfil religioso del continente va cambiando. El cristianismo se ha consolidado como religión hegemónica pero ha perdido su “pretendido monopólio” en favor de otras religiones, gracias a un crecimiento general modesto de la presencia de grandes religiones del mundo – islam, judaismo, hinduismo, budismo – como también de las nuevas religiones y las “tentativas de resurrección de las antiguas religiones indígenas y de las antiguas religiones africanas”.[7] 

 Pero para que haya un diálogo entre ellas, hace falta una condición previa :que todas las religiones abracen el pluralismo religioso con una aceptación consciente, madura y sincera, desde una conviccción profunda de que es algo querido por Dios mismo; de que el pluralismo religioso es una expresión del cariño divino y universal y de su creatividad siempre mayor y sorprendente; de que el diálogo interreligioso es de por sí un proceso espiritual.  Por eso, el diálogo es el nuevo tema para todas las religiones y para cada uno de nosotros y nosotras también. Es un tema que trae un paradigma nuevo que requiere una espiritualidad alternativa.

 

La espiritualidad del diálogo interreligioso.

 

La nueva espiritualidad del diálogo interreligioso es compleja. Tiene tres dimensiones :

  • La espiritualidad para el diálogo interreligioso

  • La espiritualidad en el diálogo interreligioso.

  • La espiritualidad desde el diálogo interreligioso.

  • Tres dimensiones que nos tocan muy de cerca a los religiosos y religiosas.

La espiritualidad para el diálogo interreligioso

 

La espiritualidad para el diálogo está basada en la acogida evangélica que impregna todas las relaciones interpersonales de Jesús de Nazaret, sobre todo aquellas con la gente diferente; con los extranjeros y los de otras creencias. La acogida que brilla en su mirada fija en el militar romano que le presta una adhesión total a Él y su Palabra. La misma acogida a la mujer valiente de raza sirofenicia, capaz de discutir con Él para salvar a su hija. La acogida que incia una conversación interpelante pero compasiva con la samaritana, invitándola a “adorar en espíritu y en verdad”.

 

Es la preparación espiritual para el diálogo que nos libera de la ignorancia y los malentendidos hacia los partners en el diálogo interreligioso. Es todo lo que crea las condiciones del diálogo, lo hace posible y que pone los cimientos sobre los que se puede construirlo. Es sobre todo el aceptarnos mutuamente en igualdad y el tender la mano al otro, conscientes de que somos compañeros de viaje, por los muchos caminos de Dios. Es acercarnos de puntillas al mundo espiritual del otro, desde el reconocimiento de que todas las personas son seres espirituales, orientadas hacia lo trascendente; que todos somos hijos e hijas de Dios; que compartimos muchos valores y una preocupación comun con las realidades de la existencia humana y la creación entera.

 

Esta espiritualidad presupone un conocimiento profundo, también, de nuestras propias raíces; el ser embebidos de nuestras fuentes y empapados de nuestras tradiciones y práxis. El vivir felices y identificados con lo nuestro; practicantes de un diálogo intrareligioso entre nosotros.

 

La espiritualidad en el diálogo interreligioso

 

La espiritualidad en el diálogo nos recuerda a la de Pablo, profundamente cristiano y enamorado de Jesucristo, recorriendo  la ciudad de Atenas y “contemplando sus monumentos sagrados”[8]. Implica tanto las actitudes necesarias para el diálogo como la capacidad de abrirse a la experiencia de lo sagrado brindada por el mismo diálogo que se vuelve un lugar privilegiado donde encontrarse con el misterio.

 

Se trata de una espiritualidad caracterizada por una cercanía más verdadera y más humilde. Una espiritualidad basada en el imperátivo de la ternura que genera la voluntad política de aceptar sinceramente el anuncio ajeno; un anuncio mutuo tanto a escuchar, aprender y recibir, cuanto a compartir. Una espiritualidad abierta a la sorpresa; a lo inesperado.  A dejarse interpelar por los interrogantes desde otra perspectiva que nos hacen profundizar la propia fe. Una espiritualidad reconciliadora que se arodilla ante los demás para pedir el perdón, como hizo tantas veces Juan Pablo II en nombre de todos nosotros, de nuestros hermanos musulmanes y judios.

 

Una espiritualidad integrada que se abre a un diálogo total y holístico, hecho de los cuatro niveles del diálogo enumerados por Pablo VI : el diálogo de la vida, el encuentro de la colaboración y la justicia social; la conversación entre expertos y el compartir la experiencia religiosa. Una busqueda conjunta de la Verdad.

 

Una espiritualidad que entiende la conversión, con Mahatma Gandhi,  no en términos de proselitismo, de  cambio de religión, sino de profundizar su propia respuesta al Dios que se hace presente en todas las religiones; a ser mejores musulmanes, judios, cristianos, budistas, hindues…

 

Sobre todo, a ese diálogo no le puede faltar un contexto de oración; el camino privilegiado de los miembros de religiones diferentes y testigo de la acción del Espiritu en y a través de todas ellas. El pasear juntos en el silencio; el rezar ;el ayunar y romper el ayuno a la vez; el dejarse abrazar por el único Dios; Padre y Madre de todos. 

 

La espiritualidad desde el diálogo interreligioso

 

La espiritualidad que emerge del diálogo interreligioso subraya el impacto cambiante que hace la experiencia vivida en las actitudes y la vida de los participantes.

 

Es una espiritualidad que palpa un crecimiento de la propia fe y entrega. Salimos del diálogo enriquecidos unos de otros; nos sentimos mas corresponsables del bien de la humanidad y del cosmos. Agradecidos de “tanto bien recibido”, hablamos y pensamos de otra manera; con una mayor empatía hacia las tradiciones, el culto y los ritos de los demas. Una espiritualidad que sigue discerniendo y gustando internamente todo lo vivido; estrechando los lazos ya entretejidos durante los momentos del diálogo.  Una espiritualidad abierta a seguir dialogando.

 

 

Implicaciones para la espiritualidad de los religiosos y religiosas

 

A nosotros, religiosos y religiosas, nos toca asumir nuestro papel en el ministerio del diálogo religioso y la espiritualidad que lo anima, cada Congregación desde su propia espiritualidad y su carisma. Ya que cada una tiene un don particular para la Iglesia y la humanidad. El desafío es descubrir la dimensión esencial e insustituible que nos ha sido confiada para promover el diálogo interreligioso. De hecho muchas familias religiosas ya están muy involcurados en este ministerio.

 

Los Benedictinos a partir de su vocación monástica han sido muy activos en el desarrollo de una actitud de acogida y hospitalidad en el diálogo interreligioso. Y desde 1973 han abrazado el ser “puente y punto de contacto” entre monjes cristianos y monjes de las tradiciones del oriente. En un contexto contemplativo, de buscar la unión con Dios, ofrecen encuentros entre maestros de espiritu de las diferentes religiones mundiales para contemplar juntos la sabiduría pluriforme de Dios, a preguntarse mutuamente que papel tiene en el mundo de hoy la contemplación y a “buscar la paz en tiempos difíciles”.

 

Mi propia congregación, las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, encuentra en su carisma de reparación, reconciliación enraizada en la Eucaristía, su motivación para trabajar para la comunión entre todos los creyentes y la humanidad entera,  llamada a sentarse alrededor de una sola mesa fraternal del tamaño del mundo. 

 

 

Implicaciones para la formación

 

La formación para el diálogo necesita ante todo potenciar una identificación gozosa con la propia fe católica y con el carisma y espiritualidad específicos de la congregación.  Una opción fundante siempre renovada y una pasión siempre más fuerte por Jesucristo. Esto pide una base teológica sólida y un desarollo humano integrado.

 

Importante también en la formación es el desarrollo de la capacidad de  discernimiento y evaluación de la experiencia vivida,  con una apertura enorme a la presencia y acción del Espíritu de Dios en y a través de todo.  Junto con el aprendizaje del manejo de las relaciones interpersonales, la comunicación y el diálogo en la vida cotidiana.

 

A eso habrá que anadir una formación mas especifica cara al diálogo interreligioso: el proceso de diálogo llevado por la Iglesia a partir del Vaticano II, la lectura de las diferentes religiones y culturas y los temas candentes del diálogo interreligioso, entre el oeste y este y con el mundo indígena. Estudiar el tema del pluralismo religioso, ver sus fundamentos y sentir la sacudida de sus desafios.

 

Y sobre todo un aprender a acercarse a los demas creyentes con reverencia para poder abrir nuestros horizontes y saber superar el racismo y la discriminación contra las minorias etnicas y religiosas. Para sabernos hijos e hijas de Dios y hermanos de la gran familia humana, de todos los creyentes y de los no creyentes también; cuidadanos felices del mundo del pluralismo religioso.

 

Sólo así será posible un diálogo real y eficaz; para ser constructores de la paz del mundo.

Vita Consecrata nos aconseja que “…las personas consagradas en su servicio al diálogo interreligioso requieren una preparación adecuada en la formación inicial y permanente, así como en el estudio y en la investigación, desde el momento que en este sector nada fácil se precisa un profundo conocimiento del cristianismo y de las otras religiones, acompañado de una fe sólida y de gran madurez espiritual y humana”.[9]

 

La formación para el diálogo necesita ante todo potenciar una identificación gozosa con la propia fe católica y con el carisma y espiritualidad específicos de la congregación.  Una opción fundante siempre renovada y una pasión siempre más fuerte por Jesucristo. Esto pide una base teológica sólida y un desarollo humano integrado.

 

Importante también en la formación es el desarrollo de la capacidad de  discernimiento y evaluación de la experiencia vivida,  con una apertura enorme a la presencia y acción del Espíritu de Dios en y a través de todo.  Junto con el aprendizaje del manejo de las relaciones interpersonales, la comunicación y el diálogo en la vida cotidiana.

 

A eso habrá que anadir una formación mas especifica cara al diálogo interreligioso: el proceso de diálogo llevado por la Iglesia a partir del Vaticano II, la lectura de las diferentes religiones y culturas y los temas candentes del diálogo interreligioso, entre el oeste y este y con el mundo indígena. Estudiar el tema del pluralismo religioso, ver sus fundamentos y sentir la sacudida de sus desafios.

 

Y sobre todo un aprender a acercarse a los demas creyentes con reverencia para poder abrir nuestros horizontes y saber superar el racismo y la discriminación contra las minorias etnicas y religiosas. Para sabernos hijos e hijas de Dios y hermanos de la gran familia humana, de todos los creyentes y de los no creyentes también; cuidadanos felices del mundo del pluralismo religioso.

 

Sólo así será posible un diálogo real y eficaz; para ser constructores de la paz del mundo.

 


 

 

[1] Benjamin Gonzalez Buelta,SJ., Orar en un mundo roto, 2002, p. 218

[2] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 51.

[3] Ibid, 55

[4] Cf. El Concilio Vaticano II,GS. 22; Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 28; Concilio Pontificio para el Dialogo Interreligioso, Dialogo y Proclamacion, 40.

[5] Juan Pablo II, Vita Consecrata, 102.

[6] Franz Damen, Panorama de la religiones en el mundo y en America Latina, en la Agenda  Latinoamericana del 2003.

[7] Jose Comblín, El cristianismo en medio de las religiones del mundo.

[8] Hechos, 17,22.

[9] Juan Pablo II, Vita Consacrata, 102.

 

 

 

  

 

 

 

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